La polémica ha saltado
en este mes de agosto, tradicionalmente apacible y falto de noticias
para la vida política, cuando han sido varios vástagos y cachorros
de la cantera popular los que han posado, sin vergüenza ni arrobo en
actitudes propias del viejo régimen franquista. Tras la indignación
inicial (sorpresa no, porque, viendo al primer equipo, no extraña
que la cantera use las mismas tácticas en el terreno de juego,
usando el símil balompedístico). Dudas que no son tal, realmente,
porque a nadie debería sorprenderle este comportamiento entre las
juventudes de un partido que todavía a fecha de hoy no ha tenido el
cuajo y la vergüenza de condenar la dictadura franquista, que tanto
costó a este país, en términos de vidas humanas, derechos sociales
y mentalidades ante la vida y sus vicisitudes.
El problema no radica
tanto en que la cachorrada popular jalee y defienda un régimen
claramente anticonstitucional y antidemocrático como el vivido en
España durante cuarenta años. Lo preocupante es que sus mayores,
esos que se han puesto el disfraz de demócratas para poder seguir
viviendo de la sopa boba del estado no les afeen la conducta,
llegando a decir la presidenta nacional de NNGG que todo este ruido
mediático se trata de una campaña de desprestigio contra ellos. Y
se queda tan ancha.
Lo que es un
desprestigio, para un (supuesto) estado de derecho y una democracia
como la española es que algunos de los integrantes de un partido
político, el que está en el poder en este momento, para más
injundia, muestren sin pudor ni tapujos ideologías que no tienen, o
no deberían tener cabida en estos tiempos. Desgraciadamente, el
problema de raíz radica en que, aunque en público el Partido
Popular condena estas actitudes (y lo hace con la boca pequeña), en
la intimidad de sus domicilios y sus despachos la apoyan, justifican
y promueven.
Son los herederos de los
políticos de aquellos tiempos los que hoy copan el gobierno y la
vida política de este país. Y lo hacen en un alambre fino, con el
barniz de demócratas pero tratando de no defraudar al sector ultra
de sus votantes, tratando de preservar los votos de los pudrideros de
la extrema derecha. Delicada es la situación de esta gentuza, pues
es difícil ser un facha disfrazado de demócrata disfrazado de facha
disfrazado de demócrata... y así hasta el hartazgo.
Mucho tienen que cambiar
las cosas en este país. La extrema derecha todavía campa con
impunidad, avalada por la permisividad de gran parte del espectro
político, que ve con buenos ojos, aunque siempre en la intimidad, la
labor ideológica de sus cachorros. Esperemos que no haya que
lamentar lo que esta permisividad suele traer.

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