El
año 2013, el que acabamos de dejar atrás, está finiquitado ya. Y
si España fuese un país serio, civilizado y moderno, el gobierno
del PP y de don Mariano también lo estaría. Claro que, en un país
con las características anteriormente mencionadas, un gobierno tan
marcadamente autoritario, dictatorial y antidemocrático, no habría
llegado jamás a gobernar. Por desgracia, esto es España, un país
en el que el servilismo, el clientelismo y la corrupción son marca
de la casa en la vida política (del PP y de los demás partidos), a
la vez que los ecos del nacionalcatolicismo y el autoritarismo de la
dictadura franquista aún resuenan, con una fuerza que casi todos
pensábamos debilitada.
A
lo largo de este año que hemos dejado ya atrás hemos asistido
atónitos muchos, incrédulos otros y frotándose las manos los de
siempre a la deriva ultraderechista del gobierno del Partido Popular.
La sangría de votos que, según encuestas propias y ajenas, les va a
suponer sus (erróneas) políticas laborales, económicas y sociales,
les han llevado a la obligación de congratularse con su electorado
más ultra y a buscar un puñado o dos de votos en los pudrideros de
la ultraderecha, sabedores como son de que las próximas citas
electorales (elecciones europeas en 2014 y municipales, autONÓmicas
y generales en 2015) pudieran no arrojar los resultados esperados
(aunque sí los deseados por muchos españoles, incluIdos muchos de
sus votantes).
La
coartada de la crisis económica y los objetivos de déficit
impuestos han servido de coartada para que el Partido Popular lleve a
cabo medidas (anti)económicas y (anti)sociales, que poco han tenido
de político y mucho de ideológico. La reforma laboral, la que,
según ellos, iba a traer creación de empleo ha significado todo lo
contrario, haciendo que acabemos el 2013 con una tasa de desempleo
cercana al 26%. Claro está que esta reforma es excitante para el PP,
desde el punto de vista ideológico, poco amiga como es la derecha de
llevar a cabo medidas que puedan favorecer en algo a trabajadores y
desempleados, vistos en su ideario como vagos y parásitos.
La
reforma de la ley del aborto, de candente actualidad en este comienzo
de año, viene cargada de una pátina rancia y un tufo eclesiástico
que no hay por donde coger. Cualquier persona con dos dedos de frente
sabe que poco o nada tiene que ver el aborto libre y la actual ley de
plazos en la recuperación económica, hay que entenderla como un
acto de congraciamiento con el ala más dura del partido y del
electorado y de la Conferencia Episcopal. A fecha de hoy, la nueva
ley del aborto no está aprobada todavía, pero nada hace pensar que,
con la infausta mayoría absoluta que gran parte del electorado
otorgó (¡en qué momento!) a don Mariano y sus secuaces, no vaya a
ser aprobada. De ser así, se habrá dado un paso atrás enorme en
esta materia en España, un país en el que se pretende que todo sea
privado excepto la deuda pública y los úteros de las mujeres. Cómo
será que hasta desde distintos estamentos políticos europeos y
desde distintos medios de comunicación del continente, algunos de
marcado y bien conocido y tradicional corte conservador, se han
alzado voces en contra de esta represiva e innecesaria reforma. Por
no hablar de las voces que empiezan a alzarse (con cuentagotas, eso
sí) dentro del propio PP en contra de la misma. Pero el gobierno,
con su mayoría absoluta no oye ni quiere oír. Hablan de buscar un
consenso, el que ya tenía la anterior ley de plazos, que,
finalmente, no buscarán. Ni lo han pretendido nunca. Llama la
atención la justificación que dan para la aprobación de esta ley
distintos políticos del PP, diciendo que esta medida iba en el
programa electoral que, por otra parte, el gobierno viene pasándose
por sus partes pudendas desde la primera semana de gobierno. Produce
hilaridad y sonrojo.
La
nueva ley de Seguridad Ciudadana ha caído como una losa en la
sociedad, dejando claro que este gobierno, heredero directo del
franquismo más rancio y represivo, adora y pretende copiar sus
métodos ante el creciente descontento social que sus medidas
económicas y sociales están generando. Para la gente que, como yo,
hemos nacido en democracia, resultaba impensable ver que la vida
política iba a derivar en lo que estamos viendo actualmente, en la
criminalización de la movilización social como norma, ante los
desmanes de la vida política, de la represión por parte de los
cuerpos y fuerzas de seguridad del estado, con la impunidad que les
proporciona la clase política ante estas actuaciones, con la idea
tan peligrosa del "estás conmigo o contra mí". Esto se
llama represión. Con todas las letras, no hay eufemismos válidos ni
maneras de disfrazarlo. Y hay que tener en cuenta algo. Esta nueva
ley de (in)seguridad ciudadana no es producto de la movilización
social que hemos visto como consecuencia de los dos primeros años de
(des)gobierno popular, sino que es fruto de lo que están preparando.
Lleva
don Mariano repitiendo algunos meses que 2014 va a ser el año de la
recuperación. Y tiene toda la razón. Se ha recuperado la represión
policial como único medio de lucha contra el descontento social. Se
van a recuperar esos entrañables viajes a Londres o Portugal para
poder abortar libremente. Se están recuperando términos que
parecían desterrados como "obrero", "patrono",
"lucha de clases". Se están recuperando, desde luego, los
modos y maneras de hacer política de los tiempos más oscuros de la
historia reciente de este país.
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