Hablemos de comercio. Hay que hablar del comercio, pues los
que ahora conocen nuestro destino y porvenir son Los Mercados.
Quien lo iba a decir.
Hablemos de la masa, y no de la del hojaldre. No hay duda de
que a estas alturas podemos afirmar que nada de lo que hagan las empresas, los
mercados o ciertas personas nos sorprende. Personalmente he llegado a un punto
en que estoy dejando de indignarme.
Asumo con resignación, que no es lo mismo
que resignarse.
A propósito de esto, el jefe de la oficina
donde trabajo comentaba conmigo hace poco, citando a alguien que no recuerdo, y
anticipándonos al resultado electoral, que la resignación y la ira son los
peores sentimientos que puede experimentar una persona, pues pueden arrastrarle
a uno a extremos de los que difícilmente puede salir.
Decía que “me he asumido”. Ese hecho no me
ha empujado, por el momento, hacia la apatía total ni a la depresión profunda,
pero sí que me ha llevado a concluir que no podemos hacer nada, que no hay nada
que podamos cambiar, ni nadie a quien podamos convencer.
La gente entiende lo que quiere entender y
escucha lo que quiere oír. Seguramente todos (y me refiero con ese todos a los
que nos hacemos planteamientos, claro) tenemos entre nuestros compañeros de
trabajo algún buenísimo ejemplo de la mentalidad que nos rodea y que quiero
definir haciendo uso de una cínica y salvaje frase de George Orwell que aparece
en "1984"
"...Era un
hombre activo y de una estupidez asombrosa, una masa de entusiasmos imbéciles,
uno de esos idiotas, de los cuales, todavía más que de la policía del
pensamiento, dependía el éxito del partido."
No quiero que parezca que me considero un
ser perfecto, sin faltas y sin dudas. Yo puedo entender el miedo, puedo
comprender la incertidumbre y puedo asimilar que, ante determinadas
circunstancias y en situaciones concretas, cada uno tenga unas prioridades y
esté dispuesto a sacrificar ciertas posturas, beneficios e incluso a hacer la
vista gorda ante el delito (laboral en este caso) cometido contra uno mismo, en
pos de mantener determinada situación o asegurar la conservación de cualquier
estado material.
Todo esto es subjetivo y cuestionable, por
supuesto. Pero mentirse a uno mismo, repetirse eufemismos como un mantra
mientras plantamos las posaderas en el inodoro, para persuadirnos a nosotros
mismos de que nuestra conducta es apropiada, me resulta ominoso. Aceptemos la
realidad. O bien por mala suerte o por mala gestión nos vemos abocados a
soportar situaciones injustas, desesperantes y patéticas, pero no dejemos que esos
entes que nos rodean, intangibles e invisibles nos convenzan de que esta
nefasta tesitura es mejor. ¿Mejor que qué?
Yo, en mis momentos de debilidad, voy
hacia el camino de la desidia. La hipocresía y los ímprobos esfuerzos que
algunas personas, que sin duda podríamos considerar inteligentes, hacen para
convencer a otros y, sobre todo a sí mismos, de que lo peor es bueno; de que lo
nefasto es preferible; de que lo injusto es aceptable, me arrastran a la
desesperación.
Me quebranta saber que no hay nada que
hacer. Porque creo que lo sé, con seguridad, y que lo sabemos todos.
Podemos escribir todos los panfletos que
queramos; explicar infinidad de veces lo que sabemos; usar la lógica una y otra
vez, intentar esclarecer todos los problemas que se nos planteen.
Será inútil. Bastará una sola palabra, un
solo gesto, para que nuestro rebaño se mueva al son del mismo compás.
Existen muchas ovejas descerebradas, atadas
con una soga de heno maloliente al cuello, que son arrastradas por un pastor
sin miramientos. Éstas son una extraña mezcla de mezquindad, miedo
supersticioso, falta de iniciativa y una voluntad indolente que las hace seguir
adelante obviando todo lo que sucede fuera de su reducido e insustancial
universo.
Hay también ovejuelas más astutas, que por avaricia
o ambición, quieren convertirse en pastores, para poder tirar, ellas mismas, de
la anteriormente mencionada asquerosa soga.
Hace tiempo me metía en discusiones. Y lo
hacía porque sentía la obligación y la necesidad de intentar, siempre desde la
moderación y lejos de cualquier imposición, explicar lo que desde mi humilde
punto de vista eran cuestiones lógicas. Cualquiera puede decirme que mis puntos
de vista son parciales y que pueden existir tantos como ovinos haya en la
manada. Cierto, pero cuando se discute hay que argumentar los planteamientos
que se exponen. Hoy en día (y antes, cómo no) la defensa de un postulado, sea
cual sea, se hace con el siguiente razonamiento: “Porque sí”, que deriva en
algunos casos en “Porque no”.
Sinceramente, no tengo ganas de dedicar ni
un solo gramo más de esfuerzo en intentar hacer ver nada a nadie. ¡Qué
estabulen a quién sea! Se me terminó la imposición y el menester de repetir lo
mismo millones de veces para, al momento siguiente, ver que lo dicho
ha caído en saco roto, aunque vaya apoyado por la lógica, la
coherencia y todos los malditos argumentos obvios del mundo.
En mi trabajo, algunos (muy) pocos hemos
dedicado parte de ese esfuerzo a intentar oponernos, en la medida de nuestras
modestas posibilidades, a las manipulaciones, desvaríos y flagrantes
injusticias que nuestra empresa se empeña en cometer constantemente. Pero
estamos rodeados de oquedades. Acotados por unos borregos que sólo quieren su
pequeño pedazo de heno podrido y por el que se dejarán arrastrar a la sima más
profunda. Y además irán cantando, gorjeando animosos porque, al menos, les han
dejado bajar cuando en realidad tenían que subir.
Por ello, voy a dejar de hacer fatigosos,
ingratos, inanes e infructuosos empeños en intentar explicar nada a nadie. A esos,
que cada día hacen la vista gorda y nos regalan los oídos con llantos cansinos, quejas baldías y críticas
soterradas que luego se convierten en la vaselina que suaviza el poco sutil
enema empresarial que continuamente nos penetra.
Al menos, podremos decir que lo
hemos intentado, que hemos procurado actuar con dignidad y con consecuencia en
esa parcela de la responsabilidad laboral que nos corresponde como trabajadores.
Y por que no, podremos quejarnos con gusto porque habremos tenido gónadas, de
un tamaño similar a las del famoso caballo de Espartero, para afrontar algunos
riesgos y haber dicho NO a las irrigaciones de la empresa.
Adelante, siempre adelante y
¡Más madera!
Salud
Skuldd